Opinión: La búsqueda interminable
Por Javier Ferreyra
Fotógrafo del diario Día a Día y Licenciado en Letras.

Los avatares de la fotografía han resultado en la transformación, no tanto de la técnica, como de los mecanismos de circulación y las estrategias de legitimación de la fotografía como arte.
Los principios dubitativos de la fotografía fueron opacados por la preeminencia de la pintura como arte mayor, de la cual la fotografía era más bien parásita y le servía como boceto: los pintores, incluso los impresionistas, tomaban fotos y luego, en el estudio, transformaban esas imágenes en sus telas.
Sometida a la tiranía de la técnica, la fotografía tardó en imponerse como arte. El principio según el cual basta el conocimiento de una serie de sencillos mecanismo técnicos -hacer foco, cuadrar el diafragma, apretar el botón- hace que la fotografía sea el arte menos complejo, el más transparente, el más accesible al público no iniciado. La impresión de facilidad técnica convierte a cualquiera en fotógrafo.
Con la accesibilidad implacable del aparato (cámaras digitales por doquier) la especificidad del fotógrafo se encuentra cada vez más amenazada. Pero, tensionada por los límites entre el arte y la información, entre la estética y la moral, la fotografía no deja de buscar un lugar específico.
La respuesta ha sido legitimar cierta forma, cierto impulso, cierto pasaje creativo, y hoy la fotografía compite con la pintura en los salones de arte y en las exposiciones de los grandes museos. Una foto de Brassäi ya no es menos que un cuadro de Picasso, y Jeff Wall puede vender una foto tan cara como Lucian Freud.
Todos pueden, hoy, sacar fotos, congelar el instante, difundir información en imágenes. Eso no hace más pobre el oficio de fotógrafo. Transforma la búsqueda, orienta la especificidad y desafía la exploración que siempre ha estado en la ética de la fotografía.










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