Por Norma Morandini
Periodista, escritora.
Actualmente diputada.

No soy ni he sido una “férrea opositora” a la ley de medios, sí soy una opositora a la mentira institucionalizada. No creo que un bien noble, como es la necesaria democratización de los medios de comunicación, pueda lograrse mediante métodos y debate autoritarios, donde las descalificaciones personales reemplazaron a los argumentos o las ideas. Una ley es democrática no porque esté apoyada por la mayoría sino cuando su articulado armoniza los diferentes intereses en juego. Los monopolios se combaten con leyes comerciales, como la Ley de Defensa de la Competencia, como pedimos dos años atrás para proteger al Canal 2 de la fusión de Multicanal y Cablevisión.
No me gusta lo que se ve en la televisión ni lo que se escucha en las radios, pero eso no se resuelve con el cambio de dueños sino con la democratización de la cultura por el debate y el respeto al otro que piensa diferente.
Sólo por haber dicho que los medios públicos, léase Canal 7 y Radio Nacional, no son plurales, que es necesario que se escuchen todas las ideas, he sido crucificada con descalificaciones personales, irrespetuosas, al punto de entrar en la verdadera intimidad, la del dolor, refiriéndose a mis hermanos desaparecidos. Sin que nadie me haya llamado para debatir. De modo que para una persona que milita desde hace años por la libertad de expresión y la responsabilidad ante el micrófono, el debate de la ley me dejó la tristeza de constatar que en realidad lo que los argentinos debemos democratizar ya no sólo son los medios sino nuestros corazones. A no ser que no se crea en la democracia o cada uno la interprete a su medida, y ese es tema de otro debate.







