[Por Federico Álvarez]
Un acercamiento al uso del primer plano, tanto en el cine como en la historieta.
Quienes hayan visto El secreto de sus ojos, la última película de Juan José Campanella, puede que notaran el uso intensivo de primeros planos, empleados para elaborar una narrativa de las miradas. “Me encantaba eso de que si vos escuchás el diálogo, estás viendo una película, y si la ves sin diálogos, ves otra. Me gustaba mucho jugar con eso y, obviamente, había que acercarse”, declaraba Campanella en una entrevista a la revista Rumbos. Los ojos componen el subtexto de esta película, que confiesa la verdad detrás de cada personaje.
Pero esto no es una crítica de cine. Lo que llamó mi atención fueron las palabras que seguían a continuación: “Para mí, el primer plano es lo que separa el cine de todas las otras artes de ficción narrativas”. Una sentencia cuanto menos curiosa para alguien como yo: un asiduo lector de historietas. Si hay algo que, desde mi punto de vista, conecta a nivel formal el cine con los cómics, es el uso del plano y el punto de vista. Y en ambas disciplinas considero que el primer plano tiene un uso equivalente: se trata, fundamentalmente, de un momento de empatía.
La sonrisa cínica del Joker, la mueca estática en la máscara de V, los rasgos toscos del rostro del acomplejado y sanguinario Marv son ejemplos al alcance de la mano de cualquiera que, tanto en el cine como en la historieta, subrayan la importancia del primer plano.
¿Acaso podríamos imaginar el final de Watchmen sin el primer plano de un desesperado Rorschach llorando a cara descubierta? ¿Podría faltar un acercamiento al rostro herido del aspirante a dios Jerjes en 300? En ambos casos, el primer plano es imprescindible, a tal punto que las adaptaciones cinematográficas de ambos cómics lo han respetado fielmente.
En este sentido, la relevancia del primer plano es evidente. La cara, además de ser una importante portadora de identidad, es quizá la zona más expresiva del cuerpo, con más de 30 músculos que colaboran, entre otras cosas, en la descripción del estado de ánimo. Se podría decir que es un exponente muy claro del primer axioma de Wazlawick: “Es imposible no comunicarse”. Lo difícil es comunicar exactamente lo que uno quiere; y en algunos casos, diría que es casi imposible. El desafío está en lograr que todos los elementos se conjuguen en forma tal que expresen de la manera más adecuada lo que buscamos decir.
Por supuesto, no faltan los casos en que se utiliza el primer plano para aprovechar el magnetismo de una cara bonita, aunque ésta carezca casi completamente de expresividad y se limite a repetir una pose. Pero, incluso en este caso, se trata de algo más que la representación de un rostro. Una mala actuación salta a la vista rápidamente en un primer plano, así como la falta de empatía de un dibujante con un personaje en una historieta.
Ahora bien, en el lado opuesto, un primer plano ejecutado con maestría es un deleite para la vista y, ubicado adecuadamente en la historia, es un poderoso recurso narrativo. Siempre recordaremos la cara de Jack Nicholson asomando a través del hueco que fabricó con un hacha al destrozar una puerta en El resplandor o la expresión de terror en el rostro de Janet Leigh a punto de ser apuñalada en Psicosis. La historieta, al no gozar de la misma popularidad, quizá haya dejado menos primeros planos en el imaginario colectivo que el cine, pero pocos argentinos deben poder afirmar no haber visto nunca la mirada de determinación de Juan Salvo que asoma detrás de las antiparras, en el histórico relato El Eternauta.
Con lo anterior, podemos afirmar que el primer plano ocupa un lugar clave dentro de la narrativa visual. Ante esto, es posible que Campanella haya tenido un involuntario desliz al realizar la declaración antes citada, o quizá no considere la historieta como parte de las “artes de ficción narrativas”, lo cual constituiría un error un poco menos feliz.
[Por Federico Álvarez]

Un acercamiento al uso del primer plano, tanto en el cine como en la historieta.
Quienes hayan visto El secreto de sus ojos, la última película de Juan José Campanella, puede que notaran el uso intensivo de primeros planos, empleados para elaborar una narrativa de las miradas. “Me encantaba eso de que si vos escuchás el diálogo, estás viendo una película, y si la ves sin diálogos, ves otra. Me gustaba mucho jugar con eso y, obviamente, había que acercarse”, declaraba Campanella en una entrevista a la revista Rumbos. Los ojos componen el subtexto de esta película, que confiesa la verdad detrás de cada personaje.
Pero esto no es una crítica de cine. Lo que llamó mi atención fueron las palabras que seguían a continuación: “Para mí, el primer plano es lo que separa el cine de todas las otras artes de ficción narrativas”. Una sentencia cuanto menos curiosa para alguien como yo: un asiduo lector de historietas. Si hay algo que, desde mi punto de vista, conecta a nivel formal el cine con los cómics, es el uso del plano y el punto de vista. Y en ambas disciplinas considero que el primer plano tiene un uso equivalente: se trata, fundamentalmente, de un momento de empatía.
La sonrisa cínica del Joker, la mueca estática en la máscara de V, los rasgos toscos del rostro del acomplejado y sanguinario Marv son ejemplos al alcance de la mano de cualquiera que, tanto en el cine como en la historieta, subrayan la importancia del primer plano.
¿Acaso podríamos imaginar el final de Watchmen sin el primer plano de un desesperado Rorschach llorando a cara descubierta? ¿Podría faltar un acercamiento al rostro herido del aspirante a dios Jerjes en 300? En ambos casos, el primer plano es imprescindible, a tal punto que las adaptaciones cinematográficas de ambos cómics lo han respetado fielmente.

En este sentido, la relevancia del primer plano es evidente. La cara, además de ser una importante portadora de identidad, es quizá la zona más expresiva del cuerpo, con más de 30 músculos que colaboran, entre otras cosas, en la descripción del estado de ánimo. Se podría decir que es un exponente muy claro del primer axioma de Wazlawick: “Es imposible no comunicarse”. Lo difícil es comunicar exactamente lo que uno quiere; y en algunos casos, diría que es casi imposible. El desafío está en lograr que todos los elementos se conjuguen en forma tal que expresen de la manera más adecuada lo que buscamos decir.
Por supuesto, no faltan los casos en que se utiliza el primer plano para aprovechar el magnetismo de una cara bonita, aunque ésta carezca casi completamente de expresividad y se limite a repetir una pose. Pero, incluso en este caso, se trata de algo más que la representación de un rostro. Una mala actuación salta a la vista rápidamente en un primer plano, así como la falta de empatía de un dibujante con un personaje en una historieta.

Ahora bien, en el lado opuesto, un primer plano ejecutado con maestría es un deleite para la vista y, ubicado adecuadamente en la historia, es un poderoso recurso narrativo. Siempre recordaremos la cara de Jack Nicholson asomando a través del hueco que fabricó con un hacha al destrozar una puerta en El resplandor o la expresión de terror en el rostro de Janet Leigh a punto de ser apuñalada en Psicosis. La historieta, al no gozar de la misma popularidad, quizá haya dejado menos primeros planos en el imaginario colectivo que el cine, pero pocos argentinos deben poder afirmar no haber visto nunca la mirada de determinación de Juan Salvo que asoma detrás de las antiparras, en el histórico relato El Eternauta.
Con lo anterior, podemos afirmar que el primer plano ocupa un lugar clave dentro de la narrativa visual. Ante esto, es posible que Campanella haya tenido un involuntario desliz al realizar la declaración antes citada, o quizá no considere la historieta como parte de las “artes de ficción narrativas”, lo cual constituiría un error un poco menos feliz.