Cachito, el choripanero
Por Hernán Laurino-Ilustración de Diego Villa

El final del torneo está ahí. Casi que se puede tocar con la punta de los dedos. Es uno de los entrenamientos finales de la semana final. Entonces, la hinchada decide apoyar al plantel. El Monumental de Alta Córdoba luce como un día de partido, aunque sea un miércoles de mayo por la mañana. Hace frío. Muchísimo.
Cachito camina lento. Se acomoda en la esquina de siempre. Calderón de la Barca y Jujuy. Anda con un gorrito de lana y una remera musculosa. Cualquiera podría pensar que la dicotomía de su vestimenta se debe a su calor interno. A su fanatismo de hincha que lo invita a ir a la cancha a re-volear las banderas un día de semana.
“Qué fanatismo, hermano. Estás loco vos. Sabés lo caluroso que se pone esto cuando el fuego agarra viaje… Mi amor”, dice Cachito. Su hijo, Jesús, es su ayudante de “cocina”. El que arrima el carbón. El que está en cada detalle. Y, también, el gran aprendiz, para cuando haya que continuar con un negocio que aporta su buena moneda a la economía familiar.
No debe haber más de 100 pibes y no tan pibes dando vuelta por el estadio. No hay nadie que no perciba en el aire el humo de esos choripanes que se mete por delante de los ojos, y baja hacia la nariz como una gambeta de un lujoso wing derecho.
“Acá hay que aprovechar cualquier evento, papi. Más vale que no es lo mismo que los días de partido, pero cuando yo escucho por la radio que al otro día va a haber algún movimiento, cazo las cosas y preparo todo para ir a la cancha. Le digo al Jesús que se prepare y arrancamos tempranito para acá, eh”.
Son un par de cuadras largas las que debe recorrer Cachito con su hijo y ese tambor en forma de parrilla donde asa con fanatismo cada uno de sus chorizos. “Los días de partido, podemos vender más de 100. No sé, a veces se me va de la mano la cuenta. Y un día de entrenamiento como el de hoy, capaz que vendo 20. Qué sé yo. Hay que estar siempre, eso sí. Porque el cliente te conoce, te prueba y, si le gustó, va a volver, hermano”.
Dice que aprendió la técnica de un vecino, que hacía el mismo laburo en la cancha de Racing, en pleno Nueva Italia. “Yo decidí instalarme acá en Instituto porque queda cerca de casa y de la patrona. Hay otros que se mueven en diferentes canchas. Aunque viste como es esto, cada uno tiene su zona. Yo no me meto con nadie. Acá me conocen todos”.
Lo primero es seducir al cliente. Para eso, Cachito debe generar una “humareda” como el mismo la califica. “Hay que dar que hablar. Que te vean”. Ya cuando el público va llegando a la cancha, el aroma se hace irresistible. Entonces, el estómago lanza una señal hacia la cabeza. “Papi, comprame un chori” y “Che, metemos un chori antes de entrar” son frases que Cachito escucha con gusto. Entonces, la venta está encaminada. “Después es por contagio. Aquel ve que este está comiendo y también quiere”.
“Lo primero es seducir al cliente. Para eso, Cachito debe generar una humareda. Después es por contagio. Aquel ve que este está comiendo y también quiere”
Los 90 minutos de partido encuentran a Cachito agazapado. Esperando un resultado positivo para el equipo local. Sufre, junto a su radio, cada aproximación del conjunto rival. Claro, un gol en contra en el último minuto puede provocar una caída desastrosa en sus ventas.
“Y es así, dependo de cómo le vaya al equipo. Si gana Instituto, todo termina en fiesta. La gente se queda un rato largo en la cancha y le pica el bagre. Si pierde, agarrate. Tengo que bajar los precios y ver si le puedo meter algún chori a algún gordito”.
El precio es económico si se compara con otros locales de comidas rápidas. Y no hay tér-mino medio. Son siete pesitos para tener en manos ese chorizo jugoso, envuelto en pan tibio, con un par de rodajitas de tomate y una hoja de lechuga fresca. “La verdura me la prepara mi mujer. Es un amor”.
Ya no queda nadie en el estadio. La siesta está empezando a ganarle por goleada. Jesús empieza a juntar las sobras, mientras su viejo apaga las brazas. “Hoy anduvimos bien, nene”, le dice, mientras le pasa esos dedos gruesos por la cabeza.
Tendrán por delante un par de cuadras largas hacia casa. Entonces, habrán abandonado la esquina de Calderón de la Barca y Jujuy. En ese exacto lugar, hace unos minutos se vendían los mejores choripanes de toda Alta Córdoba.










guadis! dijo, 10/08/2009 @ 19:51
Diego, muy lindo el dibujo. Eso sí, me dieron unas ganas terribles de comer un choripan!!
Circuz dijo, 13/08/2009 @ 22:08
alucinante notón
gabuchi dijo, 18/08/2009 @ 19:56
10 puntos la nota!